¿Hay que comprender?


Artículo de Quim Monzó

El domingo, el Magazine publicó diversas cartas a propósito de un reportaje de semanas atrás sobre cuatro chicas que llevan niqab. Todas las cartas menos una lamentan la falta de respeto que las chicas muestran hacia sí mismas y hacia las demás mujeres, y lo retrógrado de los argumentos que usan para justificar su viaje al medioevo. Se muestran orgullosas de no estudiar y de vivir condenadas a no poder salir de casa sin permiso. Uno de los puntos que más indignan a quienes escriben es que, además, critiquen la forma de vestir y de vivir de las mujeres de este país, a las que acusan de provocadoras y casi de buscar que los hombres las agredan. Curiosamente, la única carta condescendiente con ellas la firma un hombre, Artur Guinovart, que dice que “hay que comprender la dificultad que entraña la adaptación al país de acogida…”.

En su carta, la lectora Izaskun Fernández explica que la entristece que “chicas de entre diecisiete y veinticinco años encuentren normal que las casen con hombres que no conocen”. Cuando leí su carta pensé en una noticia aparecida en The Times of India pocos días antes. En la ciudad de Bhubaneswar, una abogada de treinta y pico años ha decidido cambiar de sexo para, de esa forma, escapar a la boda que su familia le había concertado en contra de su voluntad. La operación duró siete horas: “Los médicos le quitaron los órganos genitales, útero, ovarios y pechos incluidos, y le colocaron los preceptivos órganos masculinos. Explican que pronto le inyectarán hormonas para que desarrolle los atributos masculinos, como voz viril, barba y mostacho”. El diario recoge las declaraciones de la mujer en la cama del hospital donde se recupera: “No me gusta la vida familiar con la que en nuestra sociedad se fuerza a las muchachas. Esta sociedad está dominada mayoritariamente por los hombres, y las mujeres no tienen voz propia. Ahora siento que me he emancipado. Nadie puede forzarme a que me case. Es mejor convertirse en hombre para así liberarse de los sufrimientos que padecen las mujeres”.

Que alguien llegue al punto de decidir cambiar de sexo para escapar a la obligación de tener que casarse con quien no quiere sería un argumento fenomenal para una película –con Antonia San Juan de protagonista, por ejemplo–, porque lo de casarse a la fuerza es una tragedia cotidiana en buena parte del mundo. Yo, entre secuencia y secuencia, insertaría –en plano medio corto– imágenes de un conformista que, mirando a cámara con expresión bondadosa, recitaría: “Hay que comprender su cultura…”. Y luego: “Hay que comprender la dificultad de adaptarse a nuevas costumbres…”. Y más tarde: “Hay que comprender la postura de la familia…”. Aunque, ahora que lo pienso bien, para describir mejor su empanada mental casi que sustituiría al actor por un autómata

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