País de caracoles


Artículo de Joan Barril en “El Periódico”, sobre la ausencia de sabios que puedan liderar la salida a la crisis actual y sobre la aparente inutilidad de hablar o escribir acerca de las posibles soluciones. 


Cuando las cosas van mal, hay una tendencia a buscar antes a los culpables que a las soluciones. Nos advirtieron del desastre, buscamos a los culpables y ahora, con el paso del tiempo, casi resulta que los culpables no son los bancos ni la avidez del dólar bancario americano o británico. Ahora lo único cierto es que los culpables fuimos nosotros. Ya se sabe: ¿qué significan esas ganas desaforadas de cobrar las pensiones por las que durante tantos años cotizamos? Los culpables somos nosotros, porque aceptamos la hipoteca que magnánimamente nos dieron los pobres bancos. ¿A qué viene ahora el actual lamento? Más aún, ¿por qué ponemos esa cara de malhumor cuando nos cae encima un ERE que nos deja de patitas en la calle? ¿Tan egoístas somos que nos preocupa más nuestro puesto de trabajo que el del ejecutivo que hará lo posible para reflotar la empresa a costa de la masa salarial?

La verdad es que las crisis siempre acaban cimentadas en la ignorancia de los trabajadores y en su propia debilidad económica. Es en estas circunstancias cuando la gente acude al inútil lenguaje de la protesta y reclama que otros más sabios ocupen de una vez el Gobierno que no les salvó del desastre. Pero entonces llega la gran sorpresa: ¿dónde están los sabios? ¿Quién se ha llevado a las mentes preclaras en quienes podíamos confiar? O, como decía aquel chiste en el que un caminante se queda colgado de una frágil rama sobre un precipicio y reza por si hay alguien que pueda socorrerle, no tarda en llegar la voz de Dios, que le conmina a que salte, ya que unos ángeles le llevaran suavemente hasta el suelo. El caminante dice que muchas gracias, pero continúa preguntando: «¿Hay alguien más?».


Uno de los daños colaterales de esta crisis es precisamente la evidencia de que tal vez no hay nadie más. Los sabios providenciales han desaparecido. Los grandes teóricos de la cosa económica se reservan para acudir a los foros internacionales y competir en las profecías más agoreras. Los gobiernos ya no son los gobiernos de los mejores, tal vez porque uno de los síntomas de lo óptimo no es dar un paso adelante, sino más bien quedarse en casa y camuflarse en el silencio.


Y esa tendencia se está extendiendo. Ya no son únicamente los sabios que emigran. Cualquiera de nosotros empieza a considerar que nada de lo que podamos decir o escribir va a tener la más mínima importancia. Discrepar es de mal tono. Cuando se presenta la oportunidad de un debate una buena parte de los debatientes se limita a callar y a otorgar. Los primeros de la clase suelen refugiarse en sus torres de un marfil carcomido. Tras tantos años de pensar en la vida real, en el mejor de los casos dedican sus habilidades literarias hacia la novela, cuando no a formar parte de discretos consejos de administración por cuya presencia perciben generosas dietas.


La quimera ya no es rentable. Como tampoco lo es el conocimiento mutuo. Será que tal vez ya no tenemos ganas de conocer a nadie más. Huimos de nosotros mismos y los salones se llenan de advenedizos que han aprendido a sonreír para los fotógrafos. Mientras tanto, intelectuales, gente lúcida, antiguos gestores, se refugian en sus conchas de caracol y se resignan a que, si el mundo ha de ir a peor, que sea sin su colaboración. Nuestro mundo se ha llenado de Bartlebys, aquel escribiente de Melville que, ante la necesidad de un trabajo, decía: «Preferiría no hacerlo». Y los que protestan, ahí están. Más huérfanos que nunca.

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