¿Qué fue el comunismo?


Artículo publicado en “la Vanguardia” el 21/10/2009

Fred Halliday

Pocas ocasiones son más propicias para olvidar el pasado que los momentos de conmemoración histórica. Entre sentidos recuerdos de la caída del muro de Berlín y en la coyuntura, al menos temporal, de una mejora en las relaciones entre Rusia y Occidente, pocos pueden dedicar al menos un pensamiento a una realidad que finalizó hace dos décadas. La historia ha dado su veredicto final en lo que atañe a dos cuestiones: la guerra fría – el tercero y más prolongado de los tres capítulos que forman la gran guerra civil global de 1914-1991-no volverá; verdaderamente, la URSS, en tanto que Estado multinacional y desafío ideológico y estratégico mundial a Occidente, está muerta. Pero en cuanto a un tercer ingrediente de este relato – el movimiento comunista de dimensión mundial-el veredicto es, hasta el momento, menos evidente.

La cuestión de qué clase de sistema político y social era el comunismo, tal vez aún demasiado próximo en el tiempo como para permitir esbozar con facilidad una visión retrospectiva, ha dado pie a diversas explicaciones posibles que incluyen varios factores: una tendencia dictatorial mediante la que las élites revolucionarias tomaron el control de las sociedades, un movimiento malogrado y defectuoso en pro de la autoemancipación de la clase obrera, una expresión de mesianismo, un producto de despotismo oriental, un proyecto desarrollista fracasado. Aunque había elementos integrantes de todos estos factores, ninguno de ellos por sí solo constituye una explicación adecuada.

Cabe, en primer lugar, reconocer que el comunismo encarnó aspectos de la política moderna que no deberían desecharse: una convicción en la participación general en la política, una separación radical entre religión y Estado, un fomento del papel público, político y económico de las mujeres, una hostilidad a los conflictos interétnicos y una insistencia en la necesidad de que el Estado intervenga en los asuntos económicos y sociales. Es posible que Stalin y el Gosplan (Comité para la Planificación Económica) desacreditaran una forma específica de planificación,pero la aplicación general del pensamiento científico, la gestión y la política racional a los asuntos humanos para gestionar mejor el futuro es una aspiración legítima y necesaria. Cierto, el comunismo no poseía el monopolio de estas ideas y la interpretación de estos valores fue autoritaria, sangrienta y en algunos casos, criminal, pero esto no significa que estos objetivos, concebidos de forma democrática y humana, no sean ingredientes necesarios de una política contemporánea.

Debemos considerar el fracaso del comunismo sin eludir la cuestión que demasiados análisis retrospectivos han evitado: su fracaso fue indefectible, no contingente. Este sistema, negando la democracia política y sobre la base de la economía dirigida, no sólo fracasó debido a una errónea política aquí o allá, y mucho menos porque se abandonara la teoría marxista clásica. Según incluso algunos simpatizantes, como Rosa Luxemburgo, advirtieron en el mismo año 1917, se hallaba abocado al fracaso desde el principio.

El sistema soviético tuvo sin duda varias opciones: la Nueva Política Económica podría haber continuado tras 1928; podría haberse dado una trayectoria distinta a mediados de los años treinta si Stalin, no Kirov, hubiera sido asesinado, o Bujarin se hubiera convertido en líder del partido, y si Jruschov no hubiera sido destituido en 1964, las reformas económicas – del tipo que Gorbachov intentaría tras 1985-podrían haber comenzado veinte años antes. El sistema soviético, sin duda, podría haber continuado otra generación si otro líder, un conservador como Romanov o Grishin, hubiera llegado al poder en marzo de 1985, y no Gorbachov. Pero, a largo plazo, ni la ideología imperante del PCUS, ni cualquier variante de la tradición marxista remotamente relacionada con 1917 podrían haber salvado ni mucho menos fomentado el avance de este régimen. Había llegado a un punto muerto, pero es que resultaba inevitable que sobreviniera la parálisis tarde o temprano.

El movimiento socialista revolucionario fue a un tiempo un movimiento mundial de objetivos y acción colectiva y un producto de las tensiones estructurales en la evolución del capitalismo durante los últimos dos siglos. Por tanto, no tiene sentido iniciar una crítica considerándolo como algo que podría, en sus aspectos negativos y positivos, haberse evitado; o, según sostendría la ortodoxia neoliberal, como algo que se redujo a una especie de error histórico. Tuvo sus errores, pero también incurren en ellos la ideología capitalista que postula que todo el mundo puede convertirse en millonario, la nuevamente de moda “fantasía del bienestar” según la cual el proceso de envejecimiento puede detenerse o invertirse o la creencia irracional en seres divinos y en la otra vida.

Como estas fantasías, el socialismo fue también algo inevitable, en la misma medida que los otros rasgos del desarrollo de la modernidad capitalista.

Por esta misma razón, el movimiento socialista revolucionario, en sus errores y delirios, fue en sí mismo una criatura de su época y de algunas de las quimeras que acosaron a esas épocas y, no se olvide, una creencia en una ciencia de la evaluación y la acción humana. Que hubiera elementos de la tradición marxista que no sólo contribuyeron a las revoluciones sino al concreto, sangriento y criminal historial de estos regímenes es, así, una realidad singular asociada a cuatro elementos esenciales del programa comunista: la concepción autoritaria del Estado, la idea mecanicista de progreso, el mito de la revolución y el carácter subsidiario de la ética.

Primero, tan esencial para el marxismo revolucionario como lo es para la política radical del mundo islámico opera la antidemocrática, jacobina, teoría de la política y del Estado:esta yno la autoemancipación de las masas, de los trabajadores o de los musulmanes oprimidos, es el concepto nuclear de toda política revolucionaria moderna, laica o religiosa, de Lenin a Bin Laden. En segundo lugar, e igualmente esencial para el pensamiento revolucionario moderno, figura el concepto suprahistórico de progreso.En estrecha relación con el mito del progreso figuró el tercer mito peligroso, el de la revolución,no sólo como momento histórico de transición e instrumento de transición de una época histórica a otra, sino de ´la´ revolución como mito histórico, un cataclismo inevitable y necesariamente emancipador. El mito afín, esa de algún modo revolución en sentido mítico que siguió siendo posible en el capitalismo desarrollado, fue rebatido hace mucho tiempo, posiblemente por el fracaso de la revolución alemana a principios de los años veinte del siglo XX y, en mi opinión, con ocasión del fracaso de las revoluciones de 1848. Lo que Marx llamó el sexto gran poder quedó confinado crecientemente al mundo semiperiférico.

Sustentando estas tres ideas – Estado,progreso,revolución-figuraba el cuarto ingrediente del legado, la falta de una dimensión ética articulada como tal. Hubo una supuesta dimensión ética defendida en su momento. Sin embargo, el mayor fracaso del socialismo en sus doscientos años, especialmente en su versión bolchevique, fue la falta de una dimensión ética en lo que respecta a los derechos de las personas y ciudadanos en general y la falta de criterios y garantías justas en lo referente a los usos – legítimos e ilegítimos-de la violencia y la coacción del Estado.

Que muchos de los que siguen sosteniendo los ideales del socialismo revolucionario y el potencial de la teoría marxista parezcan no haber advertido esta cuestión, indica la poca atención que han prestado a los sufrimientos ajenos. Hasta que se desembaracen de estos espejismos y, sobre todo, respeten los derechos y el sufrimiento ajeno, quienes se presentan a sí mismos como revolucionarios o invocan el legado de Marx no tienen derecho a reivindicar que impulsan la causa de la emancipación humana.

21-X-09, Fred Halliday, investigador de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats y en el IBEI. Autor de ´Revolución y política mundial: auge y caída de la sexta potencia mundial´ (Palgrave/ Macmillan)

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